miércoles, 30 de abril de 2008

La viuda de Sarepta

  • La viuda de Sarepta

"Levántate, vete a Sarepta de Sidón y mora allí; he aquí yo he dado orden allí a una mujer viuda que te sustente" (1 Reyes 17:9).

Léase: 1 de Reyes 17

Vamos a hablar no del milagro de Elías, sino de la viuda.

Esta mujer había perdido a su marido, y con ello el medio de sustento de la familia. Tenía un niño, eso sí, pero su edad no le permitía ser ningún apoyo para la casa, sino una carga material para la madre. A la viuda no le faltaban las preocupaciones. Su vida había cambiado por completo desde la muerte, del marido. Y podemos suponer también que su fe se había amortiguado gravemente. Es posible que todavía tuviera alguna fe en el Dios de Israel, pero el relato de Reyes no nos lo permite dilucidar.

Y esta mujer que vivía con tantas dificultades para seguir adelante, que tenía que ir recogiendo leña echada por las calles o los caminos, a consecuencia del hambre generalizada en el país estaba llegando a las últimas. La vida se había hecho imposible. Los precios eran exorbitantes. El fin estaba a la mano. Y entonces ocurre algo extraordinario.

La mujer está recogiendo unos leños secos cuando un hombre de extraño aspecto, con un búculo en la mano, de avanzada edad, cubierto de polvo, que se dirigía al pueblo, le dice que le traiga un vaso de agua.

La mujer podía muy bien darle agua, así que se va camino a la casa para ir a buscársela, pero había dado sólo unos pasos cuando aquel extraño personaje la vuelve a llamar: «Te ruego que me traigas también un bocado de pan en tu mano.»

La mujer con una mirada triste le contestó que ni tan solo tenía pan cocido, aunque sí un poco de harina y que precisamente estaba recogiendo dos leños para prepararlo y comérselo, untado con un poco de aceite que también le quedaba, junto con su hijo. Después de haberlo comido no le quedaba más recurso que dejarse morir de hambre.

Y entonces vienen las noticias estupendas, que de momento la mujer escucharía con oídos incrédulos: «La harina de la tinaja no escaseará, ni el aceite de la vasija disminuirá, hasta el día en que Jehová haga llover sobre la faz de la tierra.»

La mujer hizo la tarta y comieron los tres. Y la harina no escaseó ni menguó el aceite de la tinaja. La fe de la mujer se está reavivando. ¿Cómo es posible negar la evidencia de que Dios proveía para ellos, con la intervención de aquel varón extraño, que se había quedado aposentado en la casa.

El segundo paso adelante en la fe para la viuda fue una nueva prueba. Esta vez fue el hijo que enfermó hasta quedar sin aliento. Entonces la viuda no pudo por menos que recapacitar sobre su vida pasada. Según la mentalidad de la época una enfermedad tenía que interpretarse como una visitación divina: eran sus propios pecados que habían causado el desastre en el hijo. Con la conciencia turbada, y tratando de defenderse, a ciegas, se dirige al profeta en su desespero y le increpa: «¿Qué tengo que ver contigo varón de Dios? ¿Has venido a mí para hacer morir a mi hijo?»

Elías clama a Dios apenado por los sufrimientos de la viuda. Dios le concede poder para hacer recobrar la salud al hijo. Solo con el niño ruega a Dios que le sea devuelta el alma al niño. «Jehová oyó la voz de Elías», una vez más, y al poco el niño estaba sano en el regazo de la madre.

Las palabras que pronuncia ahora la madre nos hablan de otro milagro, no menos sorprendente que recobrar la salud del cuerpo: la recuperación de la salud del alma. Llena de gratitud y asombro la viuda exclama: «Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.»

Preguntas sugeridas para estudio y discusión:

1. ¿Cómo probó Dios primero la fe de esta mujer?

2. ¿Demuestra este estudio que Dios cuida de los suyos?

3. ¿Puso a prueba de nuevo Dios la fe de la viuda? ¿Resultó ella corroborada de esta nueva prueba?