miércoles, 30 de abril de 2008

La sunamita

  • La sunamita

"Aconteció también que un día pasaba Eliseo por Sunem, y había allí una mujer importante que le invitaba insistentemente a que comiese" (2 Reyes 4:8).

Léase: 2 de Reyes 4:8-37

Las diez tribus no habían retenido el servicio de los sacerdotes y los levitas. Por esta razón las personas temerosas de Dios tenían en gran estimación a los profetas, y por la misma razón los profetas de Israel fueron más importantes que los de Judá. En Judá no aparecieron personalidades del calibre de Elías y Eliseo. No es de extrañar que los israelitas piadosos les tuvieran gran afecto.

Esta mujer de Sunem nos da un ejemplo «Eliseo pasaba por Sunem en sus viajes periódicos desde el Carmelo, donde vivía, a Jezreel la capital. Al principio, hacía estos viajes en un solo día. Pero al ir avanzando en años se cansaba demasiado. Una mujer de Sunem le invitó a quedarse en su casa. Esto se transformó en una costumbre.

Esta mujer se había casado con un hombre de más edad que ella. Esta diferencia de edad debía ser nota ble, pues vemos que en una conversación de Eliseo con su criado Giezi, éste le hizo notar al profeta: «He aquí que ella no tiene hijo, y su marido es viejo.» No tenemos la menor idea de los motivos por los cuales esta mujer estaba casada con un hombre mucho mayor que ella. Es posible pensar que fue por conveniencias familiares, o quizá cuando se casaron, ella muy joven, y él un hombre maduro y en el vigor de la vida le ofreciera más confianza y seguridad que un partido más joven, con menos experiencia en la vida. Quizá viera en él un ideal de protección paterna. Todo esto son suposiciones. Es notable, por otro lado que le pusiera también mucho afecto a Eliseo, para entonces, ya prácticamente un anciano.

Era una mujer independiente, temerosa de Dios y respetuosa con las personas de edad. Capaz de hacer planes y con mucha disposición: ella le dice al marido que tienen que hacer un aposento para Eliseo, cómo deben amueblarlo y no sólo convence al marido de que lo haga, sino que atrae a Eliseo a aceptar su hospitalidad.

Eliseo quiere corresponder a su afecto y le pregunta a través de Giezi si ella quería que él hiciera algo en favor suyo, hablar al rey o a un general del ejército. La sunamita le contesta que era una mujer del pueblo y que no necesitaba favor ninguno.

El incidente de la muerte del hijo es muy conocido. Habiendo salido al campo con su padre el niño sufrió un ataque de insolación. Llevado a la casa murió a las pocas horas sentado sobre las rodillas de su madre. La sunamita entonces va en busca de Eliseo y se echa a sus pies, asiéndose de ellos. Luego le dijo: «¿Pedí yo hijo a mi señor? ¿No dije yo que no te burlases de mí?» Es evidente que la intención de la madre estaba alimentada por su fe en el que el Dios de Eliseo podía devolverle al hijo, tal como se lo había dado, cuando ella ya ni soñaba tenerlo. Eliseo, después de un intento fallido del criado para reavivarlo, vuelve a la casa y le devuelve la vida. «Toma tu hijo», le dice simplemente a la sunamita. Al restaurarle a su hijo, Dios confirmó la sinceridad y validez de su maravillosa fe.

Preguntas sugeridas para estudio y discusión

1. ¿Por qué los profetas eran más estimados en Israel que en Judá?

2. ¿Cómo podemos decir que esta mujer era una madre de recursos?