sábado, 25 de agosto de 2007

Devocional (3) 01, de Agosto de 2007

AGOSTO 1, 2007
Ser discípulo, parte III
El sufrimiento, aunque difícil de experimentar, es una de las marcas que distingue y confirma la condición de discípulo.

Dramática revelación - Jesús confirma que es el Mesías
Título: Ser discípulo, parte III
Texto Bíblico base: Mateo 16:13-28

En el devocional de hoy examinaremos el segundo elemento mencionado por Cristo como condición para ser discípulo de él. El primero, indicaba que la dirección a seguir necesariamente requería que le demos la espalda al camino que veníamos recorriendo hasta el momento de encontrarnos con el Hijo de Dios. Este cambio no se refiere solamente al camino en sí, sino a todos los elementos que formaban parte de ese camino, las prioridades, los objetivos, las preferencias y los valores. La nueva vida que Cristo propone no puede ser construida sobre la antigua, sino que esta última debe ser destruida para dar lugar a algo enteramente diferente a lo que hasta el momento erróneamente se llamó vida.

La segunda condición que menciona Cristo en su «definición» del verdadero significado de discípulo es la disposición de tomar la cruz. Una vez más nos encontramos frente a la frustración de no encontrar parámetros en nuestro mundo moderno para entender las implicaciones de esta dramática frase. En nuestro entorno la cruz es un inofensivo símbolo decorativo en algunos edificios o para un colgante o un par de aretes.

Los Doce, sin duda, deber haber experimentado consternación al escuchar que el llamado a ser discípulo constituía una invitación a cargar una cruz. Ninguno de los presentes tendría alguna duda acerca del significado de estas palabras, pues los romanos llevaban más de cincuenta años utilizando la crucifixión como un cruel instrumento para la ejecución de prisioneros y criminales. Aquellos que habían transitado por las polvorientas rutas de Israel seguramente se habrían cruzado, en algún momento, con la grotesca escena de hombres agonizantes sobre las rústicas cruces levantadas a las salidas de las ciudades. Sabían que los únicos que cargaban una cruz eran los reos sentenciados a muerte, mientras se dirigían al lugar determinado para su cruel ejecución. En el camino se amontonaban las multitudes que, entre insultos y burlas, sumaban humillaciones al condenado.

¿Cómo se podía entender, entonces, que en medio de tanta aclamación popular se hable de un tema tan claramente asociado con el desprecio y la condenación? Es precisamente la contradicción entre una condición y la otra la que llevó a Pedro a intentar disuadir al Señor de transitar un camino de profundo sufrimiento. Jesús, sin embargo, estaba señalando a los discípulos que este destino no estaba solamente reservado para él, sino para todos aquellos que escogieran unir su vida a la del Hijo de Dios.

El sufrimiento, aunque difícil de experimentar, es una de las marcas que distingue y confirma la condición de discípulo. Es el resultado inevitable de haber unido la vida a Uno que confronta, en todas las áreas, al sistema instalado en y aceptado por el mundo en que vivimos. No es posible convivir en armonía con ambas realidades, pues el uno está contra el otro. Jesús advertía a los que estaban cerca de él que en sus seguidores debía existir la disposición de soportar humillaciones, vituperios, incomprensiones, abandonos y aun muerte, por causa del Cristo. Al igual que lo haría con Saulo, les estaba mostrando cuánto debían «padecer por mi nombre» (Hch 9.16).

A la negación y la disposición de llevar la cruz Cristo añade una última condición. ¿Cuál es? ¿Por qué razón la negación y el sufrimiento preceden a esta última?